Pilones y molinos predominaban en el día a día de las cocinas en Venezuela para la década de 1950. Eran fundamentales para elaborar el llamado “pan venezolano”: la arepa. Pero estas rudimentarias máquinas quedarían relegadas en 1960, y con ellas el trabajoso proceso para llevar a la mesa la comida más tradicional del país.
El 10 de diciembre de 1960 comenzó una revolución en la manera de cocinar en el país con la comercialización de lo que recibió el nombre de Producto Alimenticio Nacional, PAN. ¿Los autores? un emprendedor, su hijo y un maestro cervecero que se propusieron ofrecer a la sociedad venezolana una forma práctica y rápida de conservar en la dieta habitual las tradicionales arepas.
La preocupación más grande desde el comienzo fue dar con el proceso ideal para la producción de una harina estandarizada, homogénea y de consumo masivo. Finalmente, la harina de maíz se obtuvo al pasar la semilla desgerminada por un molino, un cernidor para molienda y una envasadora. El último paso fue el llenado manual de las bolsas.
Harina PAN pasaría a ser un producto con potencial de distribución en todo el país, pero había que darlo a conocer como el sustituto del pilón y el molino.
Lorenzo Mendoza Fleury, Juan Lorenzo Mendoza Quintero y Carlos Roubicek lanzaron el producto con el eslogan “¡Se acabó la piladera!”. Después de consultas con comerciantes de alimentos, cocineros, amigos y familiares, además de numerosas pruebas con las hojuelas de maíz usadas en la industria cervecera, y apalancados con la red de comercialización de Empresas Polar, ese primer día se vendieron 5.280 kilogramos de la harina: serían 50.000 en el primer mes.
La cruzada para evitar la desaparición de la arepa como un símbolo en la mesa de los venezolanos se impulsó con el envío a las calles de miles de mujeres entrenadas por la empresa con el fin de explicar cómo utilizar el material empaquetado para elaborar el alimento.
Esas madres y amas de casa transmitieron a la siguiente generación la forma más fácil de hacer arepas. Es la razón de que la imagen principal de los empaques sea una mujer con un turbante blanco con puntos rojos y vestida con un traje típico venezolano: una imagen similar a la de las mujeres que dieron a conocer la harina de maíz precocida.
Para 1961 se vendía más de 1 millón de kilos mensuales, lo que fue una clara señal de la aceptación del producto por parte de los consumidores.
En los años 90 llegó la época de la renovación de la marca y se hicieron los primeros ajustes significativos a la imagen del empaque. Se estilizaron las letras del logo, fueron agrandados el logo azul y la mazorca y se incorporó la cinta roja, además de un medallón con el mensaje “Para las más deliciosas y suaves arepas”. En 1993 la harina fue enriquecida con vitaminas y minerales y, para 1997, Empresas Polar adquirió en Colombia la empresa Promasa, que mantiene la comercialización de Harina PAN y Promasa en ese país.
Desde 2002 el empaque es de polipropileno biorientado en vez de papel y en 2010 Polar aumentó la capacidad de las plantas en Turmero y Chivacoa a más de 46 millones de kilos mensuales.
Su empaque es sinónimo de venezolanidad, tradición y sabor. Aunque otras marcas han querido imitarla, ha sido imposible reemplazarla. No hay quien le haga competencia. En momentos de la peor escasez que haya vivido jamás Venezuela, su nombre es de los más sonados entre los productos que se consumen y demandan.
En marzo de 2011, para mayor orgullo venezolano, Empresas Polar rompió el récord Guinnes de la arepa más grande del mundo, preparando en sus instalaciones de Los Cortijos una de casi 500 kilogramos (493,2).
El proceso fue ratificado por el adjudicador oficial de Guinnes, Ralph Hannah, quien saboreó la arepa e hizo oficial la nueva marca.
Con la base de Harina PAN se elaboran empanadas, arepas, polentas, bollitos, hallacas, todos indispensables en restorantes y en la tradicional mesa familiar venezolana, cuyas madres arrullan a sus hijos al ritmo de "arepita de manteca...".
Es por eso que, cuando se habla de Harina PAN, se habla de Venezuela y estremece sólo pensar que, en una eventual confiscación de toda la industria que la hace posible, su nombre pueda quedar extinto.
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